Hace tiempo en un frívolo atardecer no muy lejano en aquel salón multiusos clásico de Metiebal, estaba húmedo como de costumbre pero así comenzamos con la recapitulación de la clase de piano.
Las lecciones eran cada vez más retrasadas por su escasez de importancia al taller del arte musical instrumental y coral reflejado en el mínimo mantenimiento de los protagonistas más importantes de la escena: lo pianos. Sin embargo un piano no estaba capacitado para desempeñar su alma al máximo, aquel piano de pared cobrizo antiguo, sin una cuerda y una tecla torcida arrumbada detrás de la puerta testarosa mientras que el otro piano de cola más elegante con su vestimenta negro noche, adorna ese salón húmedo aún con una capa fina de polvo y un tono fuera de posición, pero con el latir impaciente de ser tocada cada semana por esas manos de experiencia y sin ella, para poder alumbrar con sus sonidos a los corazones insípidos no obstante con la capacidad de ser escrita por sólo una persona en un determinado tiempo.
Leoniza fue la primera en pasar, no fue puntual aquel día pero era con más ansiedad para tocar a la primera perfección una composición melódica, en otro lado los demás sin astucia ni inteligencia con la demencia presente en control de sus temas y actos sin discurrir: un trillado caballero como Don Juan cautivando a las duodamas sin porte; ambos sin culto por el arte musical.
En cuanto a mi, estaba recargada en aquella mesa antigua viendo como el resto andaba en sus asustos, sin embargo hubo una interrupción a mi observación: aquel pseudocortés caballero que me ofrece esuchar una pieza musical de su reproductor, simplemente acepté. En el momento en que empezé a escuchar la primera nota
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