Se acercan los días finales, donde se pasa o no al otro trapecio, el cuerpo no aguantó aquellos huecos que tenía que dejar desplomándose en memorias que recordó al haber mencionado algún acontecimiento reciente. Mirada sin sentido al ver un esfuerzo en exceso para plantar esa semilla de los rosales morados tanto tiempo en cuidarla, en verla con aquel color que la resaltaba de las demás, tanto tiempo que en menos de un día fuese aplastado y destruido junto con el campo que la guardaba sólo quedaba la tierra seca, espinas del sacrificio y la pólvora sigilosa de los agujeros negros.
No aceptaba tal cosa ¿Tenía que ser ese exactamente el final?, no podía creer que el final fuese el mismo que hace años, siglos: inadmisible. Un límite en el aguante al grado de una lágrima ácida bajo las almohadas cada noche que volvía aquel recuerdo que no fue evaporado por el viento.
Lo único que se tenía que hacer: decir el sentimiento que le daba agonía a la mente. Se pidió permiso para volar como compañía a 'no se donde' en espera del otro lado de la puerta, caminaron, hablaron más no del objetivo principal del hecho.
Paciencia, habrá algún momento en que se pueda hacer, no es remediar el error, simplemente solucionar el problema plantado por necesidad emocional; al final de la estación solicitada la despedida con un abrazo, un abrazo que impidió que el estómago mandara el mensaje al cerebro de lo que se tenía que decir y el cerebro le dio al estomago todas emociones pasadas, causando un llanto en el interior y en cuanto se abrió la puerta sin parar el vagón, correr a la salida sin mirar atrás, aquellas perlas marinas saliendo del extrañar. Del extrañar.
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